noviembre 02, 2013

La Vida de Adèle - Crítica

En la escena más importante de La Vida de Adèle, todas y cada una de las dimensiones del Universo se detienen cuando Adèle, una angelical adolescente, y Emma, una estudiante de bellas artes, cruzan sus miradas por primera vez en medio de la calle. Automáticamente, el espectador viaja al inicio de la película, cuando Adèle y sus compañeros de clase leen "La Vida de Mariana", de Miravaux, y se preguntan si, tras un encuentro como el antes descrito, el corazón pesa más o menos.

Publicaba el crítico Sergi Sánchez, tras ver la película en Cannes, que La Vida de Adèle "pone la vida a nuestros pies". Y qué difícil, amigos, es poner algo tan complejo como la vida a los pies de nadie. Para lograrlo -porque puedo jurar que lo logra-, el director, Abdellatif Kechiche, elige un trazo agresivo, físico y carnal. Ubica la cámara -nuestros ojos- a escasos centímetros de cuerpo y alma de una actriz extraordinaria llamada Adèle Exarchopoulos. Y da igual si la vemos subiéndose un pantalón que se le cae, mientras aprieta el paso para no perder el autobús; o comiendo pasta con la comisura del labio llena de tomate mientras contiene un eructo; o durmiendo, con la boca entreabierta, mientras sentimos la calidez de su aliento. Al final, se trata de rodar ese milagro llamado vida. La cara desaliñada, el miedo, la postura fetal al dormir, el rostro como transmisor del alma, la desnudez perfecta e imperfecta, la masturbación en plena noche, y hasta los mocos -con perdón- que aparecen en el llanto más amargo. ¿Naturalismo? Tal vez. 

L'Amour. Francia siempre tuvo una relación especial con tan complejo sentimiento. Tal vez sea la obsesión por dibujarlo, por pronunciarlo, por retratarlo ante una Torre Eiffel engalanada. Kechiche, francés de nacimiento, podría ser uno más, en la interminable lista de artistas que intentó describirlo, y que, ¡milagro! lo acabó logrando. Y aquí no hay Torre Eiffel que valga, ni sutilezas. Aquí hay deseo, pasión, carnalidad, amargura y dolor. Hay un elemento físico -y químico- que todo lo destruye ante nuestros ojos. Es el principio y el fin. El deseo ante lo anhelado. El eterno cosquilleo. La erupción que sacude estómago, alma y corazón. El llanto provocado por la impotencia ante el fin. Amor es ver a Adèle aturdida en plena calle, como si una bomba hubiera explotado a centímetros suyos, tras haberse encontrado con un extraño y magnético ser -Lea Seydoux- al que dibujaron pelo y ojos azules. Adèle y Emma viven un amor nacido en la pasión y el deseo, cuya muerte se produce en el inmenso oceano donde mueren todos los amores. Aquel donde, simplemente, aquello que lo produjo se perdió. Y aquí, la gran pregunta. Absurda, sí. ¿Merecía la pena mostrar una escena de sexo explícito de casi 10 minutos? ¿Era necesario mostrar como Adèle y Emma se devoran -literalmente- ante nuestros ojos? Pregunténse si esto no forma parte de la vida, y tendrán su respuesta.

¿Obra maestra del naturalismo? Tal vez lo sea, pero huiré de etiquetas. Sería demasiado injusto para una obra incontenible que, en muchos momentos, adquiere tintes de milagro. La Vida de Adele es un acontecimiento sagrado, un homenaje místico y pasional al más poderoso entre todos los sentimientos. Un canto al despertar, a la vida como escenario en el que -ante todo- pasan cosas incontrolables. En el que se es fuerte y débil. En el que se ama y se sufre. En el que se duda de todo. En el que un día nos humillamos ante quien amamos. En el que lloramos. En el que reímos. En el que nos entregamos. En el que los sentimientos se abren camino. En el que las etiquetas -ni heterosexual ni homosexual, simplemente persona- se diluyen. En el que se vive. Y vivir es esto. C'est tout.

4 comentarios:

Adolfo dijo...

Con el brutal movimiento anti homosexual que parece haber vivido Francia, me llama la atención que esta película pueda ser un éxito allí y me pregunto si muchos de los que salieron a manifestarse contra los matrimonios homosexuales irán a verla por ver dos chicas desnudas durante 10 minutos. Sé que no hay que mezclar cine y política, pero también es parte de la vida.

Delatte dijo...

Pues sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… Mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance. Las propias lesbianas somos tan críticas con esta película precisamente porque nos vemos reducidas a una fantasía absurda de un hombre heterosexual, posturas ridículas y una actitud como de “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo”. Teniendo una historia tan maravillosa como la que tenía, con un temazo a desarrollar, un punto de partida estupendo en la obra original para trabajarlo y unas actrices entregadas y convincentes para darle vida, Kechiche ha malgastado sus 180 minutos de película en tijeras cunnilingus. A “La Vida de Adèle” le falta verdad y le sobran erecciones. En su cómic, Julie Maroh quiere dar visibilidad a las dificultades con las que se encuentra un adolescente durante el proceso de aceptación de su diversidad sexual, además de presentar una historia de amor excelente, bien cuidada, respetuosa, estética. Pero la prioridad de Abdellatif Kechiche ha sido ejercer de dictador. Él quería sostener la lupa como un voyeur dándose el lujo de exigir todas sus fantasías desde el lugar más privilegiado. No nos extrañe pues que Maroh haya denominado a esta película “pornografía para mentes masculinas”.
Y conste que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado, como por ejemplo sucede en el cómic. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica. Podía haber sido una escena de sexo rodada con respeto, buen gusto, erotismo y sensibilidad y no quedarse en el puro morbo de un director tiránico que parece regodearse en las tijeras y el cunnilingus mientras filma para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como otra cosa. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual y obsesivo.
Por ejemplo, una película como Nymphomaniac es bastante más honesta que ésta en cuanto a propósitos y objetivos, ya que no miente al presentarse a sí misma: “FORGET LOVE” es su frase de presentación y en ningún momento reniega de sus escenas pornográficas o de sexo explícito. Pero Kechiche hace todo lo contrario, muy hipócritamente: rueda escenas claramente pornográficas y de bastante mal gusto y nos las quiere hacer tragar no sólo como necesarias sino como demostración de la pasión más auténtica. Pues por eso yo no paso, lo siento mucho, no quiero que se me tome por idiota. Lo que ha rodado este hombre es porno, se ha recreado en él y en las actrices y ha querido hacerlo así para llenar más salas, crear más audiencia y alimentar más morbo (sobre todo el masculino).
Si habéis leído el cómic (que os recomiendo para que veais por vosotras mismas la diferencia), comprobaréis que las escenas de sexo no tienen nada que ver. Son explícitas, sí, pero no se recrean injustificadamente ni ofrecen morbo gratuito no resultan tópicas o insultantes. Son naturales, sugerentes y estéticas. En la película no veo más que tetas bamboleantes y posturas ridículas propias de un vídeo de Youporn.

Ángel dijo...

Delatte,, ante todo muchas gracias por participar.

Yo creo que estamos ante una película de sensaciones, en la que la escena sexual ha tomado demasiada trascendencia, cuando ocupa menos de un 5% del metraje. Hay muchas sensibilidades, muchas ópticas y eso es bueno, pero no estamos olvidando las infinitas virtudes que se desarrollan durante la película? Yo te niego la mayor, y es la de calificar este filme como "lesbico". Yo creo que sí algo consigue Kechiche es universalizar la historia y privarla de etiquetas.

Es evidente que el tratamiento del sexo está abierto a discusión, pero insisto que se le está dando un peso excesivo.

Un saludo,

Ángel

Espanto dijo...

Estoy en general de acuerdo en todo lo que plantean las lesbianas indignadas con esta película y también me rebelo contra la hipocresía y la imbecilidad de los críticos y festivales correspondientes. El sexo en el cine me parece un tema de lo más interesante porque muchas veces actúa como un reclamo morboso en si mismo que se desconecta del relato en el que está inserto. Desde luego la película que nos ocupa es un ejemplo claro de este efecto, y entiendo por ello la ira que ha provocado.

La cuestión es: ¿es lícito mostrar sexo actuado en un relato? Yo pienso que sí, claro. Pero también es cierto que el carácter claramente perturbador de la visión de personas, aunque sea fingido, practicando sexo muchas veces no complementa la narración sino que ejerce como elemento distorsionante. Y, por supuesto, en “La vida de Adele” esto está llevado al extremo porque realmente las actrices están representando su sexo de una forma tan expícita que cuesta trabajo decantarse por si es sexo fingido o real. Para un espectador masculino heterosexual este momento claramente se desconecta del relato porque la excitación de ver esta fantasía es lo único que importa en ese momento. Y es normal que sea así. Lo lamentable es que el director y los críticos alabadores sean tan cínicos e hipócritas para hacer pasar este elemento determinante de la película como un hermoso complemento y no como un reclamo morboso, y por ende, comercial.

Si quiero ver sexo, veo porno. Pero no me vendas cine con algo demasiado parecido al porno porque somos todos mayores y me estás tomando por tonto.